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Dos piezas de la colección MT
Por: Andrés Valtierra - Curador asociado

El trabajo de Virginia Jaramillo se enfoca en investigar la geometría, el color y cómo sus combinaciones determinan nuestra percepción de la obra de arte. Durante las primeras décadas de su carrera pintó grandes lienzos casi monocromáticos interrumpidos por líneas curvas contrastantes. En 1979, y hasta finales de los años noventa, Jaramillo se alejó de la pintura sobre lienzo para explorar las posibilidades que otros materiales le permitían en la creación de imágenes. Esta obra en la colección del Museo Tamayo forma parte de la serie Teoremas visuales, en las que la artista manipuló la pulpa del papel para crear patrones geométricos. Su proceso consiste en colocar arreglos de cinta adhesiva sobre el molde donde fabricará el papel, los cuales modifican la superficie del producto final. Posteriormente, utiliza tierras de color para pintar y enfatizar las líneas impresas sobre el pliego. La producción de estas piezas involucra un proceso manual sobre los materiales que lleva ecos de una labor escultórica. Asimismo, crea un plano pictórico donde convergen gestos propios del collage (el papier collé) y de la gráfica.

Por su parte, Pablo Picasso se estableció desde principios del siglo XX como una de las figuras centrales de las vanguardias y dedicó una parte importante de su carrera a explorar los límites de la representación. Es decir, buscó transgredir las convenciones occidentales de cómo se retrataban el cuerpo humano y los objetos, suplantándolas por trazos muy geométricos y superposiciones de ángulos. Esta pintura de 1960 es una iteración de este ejercicio.

Asociar las obras de Jaramillo y Picasso permite observar que dos artistas en contextos distantes y con diferentes intereses en la pintura llegan a coincidir, no obstante, en aspectos de cómo resuelven sus obras. Colores afines, figuras geométricas e incluso el empleo diagonales en la composición son algunas de ellas. A partir de estas convergencias es posible también pensar cuáles son las diferencias entre las obras y quienes las crearon. Ahora bien, diversas vertientes de la historia del arte occidental se han dedicado a buscar  líneas genealógicas de posibles influencias entre artistas, lo cual implica una jerarquización de figuras canónicas sobre sus supuestos seguidores y seguidoras. Resulta también posible subvertir estas relaciones y leer obras de arte tomando como referente aquellas que han tenido menor visibilidad a lo largo de los años. Un posible eje de referencia para exploraciones geométricas, materiales y pictóricas en la colección del Museo Tamayo es precisamente la obra de Virginia Jaramillo.

Virginia Jaramillo has focused her artistic practice on the research of geometry, color, and how combinations between the two determine our perception of the work of art. During the first decades of her career she painted large canvases, almost monochromatic but interrupted by curved, contrasting lines. In 1979, and until the late 90s, Jaramillo stopped working on canvas in order to explore the possibilities that other materials allowed her for the production of images. This artwork in the Museo Tamayo’s collection is part of the series Visual Theorems, in which the artist manipulates the paper pulp to create geometric patterns. The process consists in pasting arrangements of adhesive tape onto the mold where the paper will be made, which modifies the surface of the final sheet. She then uses earth pigments to color and emphasize the lines printed on it. The production of these pieces involves a manual process with the materials that echoes those of sculptural works. Likewise, it creates a picture plane that converges gestures that normally belong to the college (the papier collé) and printmaking.

Pablo Picasso, in turn, became one of the central figures of the avant-garde since the early twentieth century, and devoted an important part of his career to exploring the limits of representation. That is, he aimed to transgress prior Western conventions of how the human body and objects were depicted, replacing them with geometric features and a juxtaposition of viewing angles. This painting from 1960 is an iteration of this exercise.

Associating Jaramillo’s and Picasso’s pieces shows how two artists in separate contexts and with different interests in painting found, nonetheless, converging solutions to their works. Similar colors, geometric figures and even the use of diagonals in the composition are some of them. Taking these correspondences as a starting point, it is also possible to think about the contrasts between the two works and the artists who created them. Now, some art historical practices in the West are committed to finding genealogies of possible influences between artists, which implies a hierarchization between canonical figures and their supposed followers. However, it is also possible to subvert these relations, and to read works of art taking as a point of reference those that have had less visibility throughout the years. A possible reference for the geometrical, material and pictorial explorations in the Museo Tamayo’s collection is precisely Virgina Jaramillo’s work.